Hace tiempo que analizo el tema de la desigualdad económica en el mundo, porque es el que más me preocupa como economista, de cara a un futuro que es incierto en muchos otros aspectos (religioso, político, ambiental). Creo que no sólo es un tema urgente porque es ofensivo, brutal y amoral. Es urgente porque en algún momento puede explotar y cuando eso ocurra muchos van a decir que es un «cisne negro». No lo es, no es imprevisible.
Para apoyar esto que digo me puse hace un tiempo a hacer un trabajo de hormiga. Busqué el PBI per cápita y la distribución del ingreso en cada país del mundo y, usando una cantidad de cuentas y relaciones, resultó este gráfico para el mundo en su conjunto:

Algunas aclaraciones vienen al caso en este gráfico:
1- Cada «decil» de ingreso mundial tiene igual cantidad de personas (aproximadamente 750 millones),
2- El mundo se ha considerado como una sola economía, es decir, en cada «decil» hay personas de distintos países, tanto en “los deciles más pobres (1 y 2) como en los más ricos (9 y 10)”
3- Por ejemplo, es posible que en el decil 1 del mundo existan habitantes de 1 y 2 de Somalía, 1,2 y 3 de Malawi, 1 de Albania, etc. También en el decil 10 del mundo puede haber personas que pertenecen a los deciles 7, 8, 9 y 10 de Australia, 9 y 10 de Chile, etc. Así, una persona que es «rica» en su país (ej. Zambia) puede no ser considerada tal en el mundo, o bien una persona «pobre»» en su país (ej Finlandia) pueda no ser considerada tal en el mundo.
Esta distribución mundial arroja como resultado un coeficiente de Gini de 0,498, que es altísimo (mientras más alto peor) ya que refleja una desigualdad notable aún “después” de realizar políticas de equidad distributiva en el mundo.
Ud puede decir, «me lo imaginaba», pero fíjese en las magnitudes de las diferencias y algunos resultados adicionales que se pueden obtener (entre muchos otros):
Las personas que forman el decil más rico del mundo tienen un ingreso promedio 45 veces mayor que el de los que forman el decil más pobre. Pero si desagregamos, el grupo más rico del mundo (el decil 10 de Qatar y el decil 10 de Luxemburgo) tiene un ingreso per cápita 236 veces mayor que el del grupo más pobre (el decil 1 de Cabo Verde y el decil 1 de África Central).
Países como Nigeria, Malawi y Cabo Verde tienen la totalidad de su población, aún sus «ricos», en el decil 1 mundial. En el otro extremo, Luxemburgo y Singapore tiene la totalidad de su población, aún sus «pobres», en el decil 10 mundial.
Sólo cuatro países latinoamericanos (Brasil, Chile, Costa Rica y Uruguay) alcanzan, con su grupo de mayores ingresos, a tocar el decil 10 mundial.
Los países llamados hoy «desarrollados» (EEUU, Europeos occidentales y Japón) no tienen población en los tres deciles más bajos. Sus grupos más pobres forman parte de los deciles 4 y 5 del mundo, digamos «clase media mundial».
Los países africanos no alcanzan, ni aún con sus grupos más ricos, los cuatro deciles superiores del mundo.
Un habitante «pobre» de Luxemburgo tiene un ingreso anual 26 veces mayor que un habitante «rico» de Burundi.
En rigor, este análisis no responde a una idea de «distribución del ingreso» sino a un concepto de “convergencia/divergencia económica» entre países a nivel internacional, muy emparentada a aquella dicotomía centro/periferia a la que se refería hace 70 años Prebisch.
Sin embargo, también observando la distribución del ingresos «hacia adentro» de los países, hay diferencias notables: el cociente entre el ingreso del quintil más rico y el más pobre es superior a 20 en Lesotho, Namibia y Emiratos árabes (notar que este último no es de bajo ingreso). Y al mismo tiempo es inferior a 4 en Islandia y Noruega.
Pueden obtenerse muchas conclusiones más, pero las comentadas son suficientes para caer en la cuenta de la enorme gravedad de la situación y de que es un tema que no puede desatenderse porque su dimensión es enorme.
Prebisch afirmaba que la dicotomía centro-periferia no podría superarse por su propia dinámica, salvo casos muy excepcionales. Era una carrera que se corría en pistas diferentes y de allí que no le gustaba la idea de «secuencialidad» que daba la división de desarrollados y subdesarrollados. Visto con los ojos de hoy podemos plantearnos, por ejemplo: ¿es posible que Burundi alcance los niveles de PBI de Luxemburgo en algún momento? ¿es posible que los países latinoamericanos alcancen los estándares de desarrollo de los escandinavos en los próximos años? ¿Es posible que las clases pobres de Malawi se parezcan a las clases pobres de Singapore?
Combinando convergencia con distribución; ¿es posible que un niño nacido en Botswana llegue a universidades prestigiosas de EEUU y alcance el primer decil de ingresos en el mundo? ¿Existe tal «movilidad ascendente mundial»?
Seamos realistas, las respuestas tienden a ser NO, en todos esos casos. En el mundo del siglo XXI las condiciones de cuna o la «lotería social» sigue siendo muy relevantes. Según donde y cuando cada uno nace, salvo casos muy excepcionales, su espectro de posibilidades futuras es muy diferente.
(*) El autor es economista, director de Centro de Investigaciones y Vinculación Económica (CIVE) en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNCUYO, Mendoza, Argentina.